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Compartir recuerdo. Click

Hasta hace poco no lograba entender por completo el complejo casi enfermizo de algunas personas por compartir en las redes sociales todos los momentos posibles. Click. Comidas. Click. Reuniones. Click. Museos. Click. Teatro. Click. Y demás.

Realmente no me había puesto a profundizar del porqué compartir todo, solo era algo que todos hacían y estaba bien. Muy superficialmente pensé que solo era por ego, ya sabes, tener más reacciones en Facebook, más corazones en Instagram, más vistas en Snapchat, para lucir más interesantes, para creernos nosotros mismos esa biografía pública en la que todos somos intelectuales, más inteligentes que el resto, más finos y plenos. Y por consiguiente, para sentirnos más queridos, porque sentirse bajo los reflectores nos hace sentir bonitos, interesantes, nos hace sentir que lo que hacemos está bien y no ha sido una pérdida de vida, porque tenemos esa necesidad de sentir que cada segundo de nuestro mini reality show lo vale.

Pero Zuckerberg siempre es un poco más listo que el resto. Un día entré a Facebook y me llegó la notificación de un recuerdo. “Recuerdo”, Facebook no te dice que tienes un “post” que rememorar, sino un recuerdo, algo que queda en tu mente. No era la gran cosa, solo una foto de tres manos agarrando copas de vino, haciendo un brindis. De repente me invadió la nostalgia. Una de esas manos era la de una de mis mejores amigas, quien se fue a EEUU. Cuando se fue no le hicimos una gran despedida, porque se suponía que volvería en dos meses, pero no volvió, se quedó a estudiar allá y sabía que no la vería por un buen rato.

En ese momento, no importaban las reacciones ni que tan bonito se veía. Miraba esa foto y recordaba todo sobre ese día: las risas, los juegos, las conversaciones. Recordaba, también, que en ese momento éramos tan ligeras, pensábamos que esos momentos se repetirían por siempre. No sabíamos que dentro de poco todas nuestras vidas iban a cambiar, que ya no estaríamos cerca, que tendríamos grandes y nuevas experiencias.

Compartimos cosas porque nuestra mente es frágil y queremos recordar lo felices que éramos o que pretendíamos ser, buscamos encapsular todas nuestras vivencias, sentimientos y percepciones. Porque en el fondo tenemos miedo a olvidar quienes solíamos ser.

Mi veredicto: Yo siempre tengo la razón

¿Por qué a veces pretendemos que somos perfectos y nos mata la idea de equivocarnos?

Cuando estaba en mis primeros ciclos en la universidad, llevé un curso de Filosofía. Hubo una anécdota en particular que me marcó.

Mi profesor era admirado por unos y odiado por otros, era de esos profesores que para bien o para mal dejaba alguna marca en uno como estudiante.

Una vez pidió que hiciéramos un trabajo sobre el genio maligno, por lo que nos recomendó comprar su libro donde hablaba del tema. Todos en mi salón se esmeraron para entregar grandes trabajos, aunque sabíamos que ninguno iba a llegar ni a moverle un pelín a aquel profesor de todas maneras lo intentábamos.

En la entrega de notas, todos esperábamos ansiosos. Cuando llegó el turno de mi grupo, el profesor se vio envuelto en una necesidad ferviente de interrumpir la entrega para hablar sobre aquel trabajo. Y es que para mi profesor, quien tendría setenta y tantos, y siempre contaba con orgullo todos sus estudios en Alemania y universidades de prestigio, nada nunca había sido tan insultante como poner en la introducción de aquel trabajo que su libro era una fuente secundaria, lo que para él equivalía a escupirle en la cara o decir que habías entendido un tema filosófico en menos de 5 minutos. Le dedicó al tema casi quince minutos, con pinceladas de burla en cada oración. Yo sospecho que en el salón sabían que era una fuente secundaria, pero les ganaba el miedo, así que todos pusieron primaria.

Llegué a dudar hasta de mi existencia por la manera en la que el profesor afirmaba que era imposible que fuera fuente secundaria. Lo consulté con varios libros y algunos profesores. Entonces con un libro, con el que la universidad nos enseñaba investigación, me acerqué al profesor en una asesoría para explicarle que no había sido mi intención ofenderlo sino que era lo que me habían enseñado. Segundos después note que había despertado a la fiera y que ya no había marcha atrás. El profesor empezó a nombrar todos sus estudios y todo lo que él había logrado en la vida, nada que ver con el tema en cuestión, sin embargo así me tuve que ir así, desorientada.

La clase siguiente se tomó diez minutos para disculparse por la forma en la que había hablado, aclarando que no quiso hacer sentir mal a nadie. Pero nunca admitió que tal vez se había confundido, que tal vez no estaba alineado al sistema estándar de fuentes, que tal vez cabía la posibilidad que un filósofo de su calaña pueda equivocarse sin que el mundo se desmorone.

“Solo sé que nada sé”