Compartir recuerdo. Click

Hasta hace poco no lograba entender por completo el complejo casi enfermizo de algunas personas por compartir en las redes sociales todos los momentos posibles. Click. Comidas. Click. Reuniones. Click. Museos. Click. Teatro. Click. Y demás.

Realmente no me había puesto a profundizar del porqué compartir todo, solo era algo que todos hacían y estaba bien. Muy superficialmente pensé que solo era por ego, ya sabes, tener más reacciones en Facebook, más corazones en Instagram, más vistas en Snapchat, para lucir más interesantes, para creernos nosotros mismos esa biografía pública en la que todos somos intelectuales, más inteligentes que el resto, más finos y plenos. Y por consiguiente, para sentirnos más queridos, porque sentirse bajo los reflectores nos hace sentir bonitos, interesantes, nos hace sentir que lo que hacemos está bien y no ha sido una pérdida de vida, porque tenemos esa necesidad de sentir que cada segundo de nuestro mini reality show lo vale.

Pero Zuckerberg siempre es un poco más listo que el resto. Un día entré a Facebook y me llegó la notificación de un recuerdo. “Recuerdo”, Facebook no te dice que tienes un “post” que rememorar, sino un recuerdo, algo que queda en tu mente. No era la gran cosa, solo una foto de tres manos agarrando copas de vino, haciendo un brindis. De repente me invadió la nostalgia. Una de esas manos era la de una de mis mejores amigas, quien se fue a EEUU. Cuando se fue no le hicimos una gran despedida, porque se suponía que volvería en dos meses, pero no volvió, se quedó a estudiar allá y sabía que no la vería por un buen rato.

En ese momento, no importaban las reacciones ni que tan bonito se veía. Miraba esa foto y recordaba todo sobre ese día: las risas, los juegos, las conversaciones. Recordaba, también, que en ese momento éramos tan ligeras, pensábamos que esos momentos se repetirían por siempre. No sabíamos que dentro de poco todas nuestras vidas iban a cambiar, que ya no estaríamos cerca, que tendríamos grandes y nuevas experiencias.

Compartimos cosas porque nuestra mente es frágil y queremos recordar lo felices que éramos o que pretendíamos ser, buscamos encapsular todas nuestras vivencias, sentimientos y percepciones. Porque en el fondo tenemos miedo a olvidar quienes solíamos ser.

Mario Poggi. El psicólogo que se auto-denominó loco

En la escala de héroe a villano ¿Qué tan Poggi se puede ser?

Terminando los 80’s, después de pasar cuatro años en la cárcel por asesinar a un presunto asesino en serie, quien al final resultó inocente, alejado de la psicología luego de su despido de la PIP, Poggi terminó siendo una pseudo-celebridad. En 1991, firmaba autógrafos. En 1997, publicaba su autobiografía. En el 2000, grababa películas de bajo presupuesto sobre su supuesto crimen. En 2006, formó su propio partido político: “Partido LaRe DNI. Si usted tiene DNI, automáticamente es del partido” y desde entonces se burla de la política.  Luego de eso, por muchos años, se dedicó a realizar test de colores, sentado en una banca del Parque Kennedy.

“Señoras y señores, me voy a lanzar a la presidencia de la República del año 2016. Acá está mi banda presidencial –mientras agita una banda bicolor maltrecha- porque yo mismo me hago golpe de Estado. ¡A la mierda! Ollanta, que se vaya a la conchasumadre. De frente se lo digo en su cara pelada, a él y a la Nadine. Primero, voy a cambiar el código penal Romano…”

Era enero del 2015 y Mario Poggi se paraba en la esquina frente a la iglesia del Parque Kennedy para exponer sus propuestas como futuro candidato a la presidencia del Perú.

13 de febrero del 2016. El parque Kennedy está siendo remodelado y aún con todo el ruido, Mario esperaba sentado en el sitio de siempre. Fiel a su estilo, ha decidido mostrar una de sus tantas caras. Hoy, ha escogido llevar un pantalón negro, un saco azul, una camisa blanca y una corbata guinda con lunares morados. Algo ha cambiado. No lleva ni sus tan representativos lentes ni su pipa. Ya no tiene el cabello verde, ahora está blanco grisáceo. Pero como siempre, lleva en sus manos aquel cartel que dice: “Test de color… MARIO POGGI… Descubra su personalidad escondida

Todos los que realizan el test lo hacen solo para hablar un rato con el “Loco de Kennedy”. A Poggi, no le molesta que lo llamen loco, siempre y cuando sea con cariño. Las personas disfrutan mucho de sus payasadas, porque todo le puede faltar a Poggi, menos sentido del humor.

Sin embargo, en ese momento Mario Poggi parecía un enigma. Tenía cara de nada, un semblante totalmente inexpresivo. Un poco vacío por dentro. Perdido.

En un abrir y cerrar de ojos, Mario cambió. Volvió a ser risueño y ocurrente. Se le había acercado una pareja para realizar su famoso test de colores. Él saca una sonrisa de oreja a oreja, se acomoda en el asiento. Mientras le da palmadas en la espalda al chico, invita a la chica a sentarse. Mario estaba listo.

-Oye, ¿qué colores te gustan más? – Mario le da una carta de colores.

Mientras el chico escogía, Poggi iba apuntando en su libreta.

-Ya está, ¡ya! Con esto ya tienes todo. Toda tu personalidad está acá y es bacán– dice Poggi.

-¿Mi personalidad?

-Toda tu personalidad, es como tu ADN. Según esto – Mario se detiene unos segundos para analizar los colores – eres un huevón.

Los chicos comenzaron a reírse y Poggi parecía disfrutarlo.

-Mentira, hombre. ¡Mira! – Señala los colores en su libreta – Acá dice que tú eres un genio. Inteligencia superior o superdotada – le da un apretón de manos- Tu eres un líder innato…

Poggi sigue con su famoso test y al finalizarlo, sus nuevos amigos se van. Queda él, solo. Se quita la máscara. Volvió a tener la cara de nada.

Poco tiempo después, un 26 de febrero del 2016, después de dos paros cardíacos, la llama se apagó. Aunque tal vez hace mucho se había apagado en las sombras de la indiferencia.

Mi veredicto: Yo siempre tengo la razón

¿Por qué a veces pretendemos que somos perfectos y nos mata la idea de equivocarnos?

Cuando estaba en mis primeros ciclos en la universidad, llevé un curso de Filosofía. Hubo una anécdota en particular que me marcó.

Mi profesor era admirado por unos y odiado por otros, era de esos profesores que para bien o para mal dejaba alguna marca en uno como estudiante.

Una vez pidió que hiciéramos un trabajo sobre el genio maligno, por lo que nos recomendó comprar su libro donde hablaba del tema. Todos en mi salón se esmeraron para entregar grandes trabajos, aunque sabíamos que ninguno iba a llegar ni a moverle un pelín a aquel profesor de todas maneras lo intentábamos.

En la entrega de notas, todos esperábamos ansiosos. Cuando llegó el turno de mi grupo, el profesor se vio envuelto en una necesidad ferviente de interrumpir la entrega para hablar sobre aquel trabajo. Y es que para mi profesor, quien tendría setenta y tantos, y siempre contaba con orgullo todos sus estudios en Alemania y universidades de prestigio, nada nunca había sido tan insultante como poner en la introducción de aquel trabajo que su libro era una fuente secundaria, lo que para él equivalía a escupirle en la cara o decir que habías entendido un tema filosófico en menos de 5 minutos. Le dedicó al tema casi quince minutos, con pinceladas de burla en cada oración. Yo sospecho que en el salón sabían que era una fuente secundaria, pero les ganaba el miedo, así que todos pusieron primaria.

Llegué a dudar hasta de mi existencia por la manera en la que el profesor afirmaba que era imposible que fuera fuente secundaria. Lo consulté con varios libros y algunos profesores. Entonces con un libro, con el que la universidad nos enseñaba investigación, me acerqué al profesor en una asesoría para explicarle que no había sido mi intención ofenderlo sino que era lo que me habían enseñado. Segundos después note que había despertado a la fiera y que ya no había marcha atrás. El profesor empezó a nombrar todos sus estudios y todo lo que él había logrado en la vida, nada que ver con el tema en cuestión, sin embargo así me tuve que ir así, desorientada.

La clase siguiente se tomó diez minutos para disculparse por la forma en la que había hablado, aclarando que no quiso hacer sentir mal a nadie. Pero nunca admitió que tal vez se había confundido, que tal vez no estaba alineado al sistema estándar de fuentes, que tal vez cabía la posibilidad que un filósofo de su calaña pueda equivocarse sin que el mundo se desmorone.

“Solo sé que nada sé”

Escoge una carta. Ahora memorízala

A veces solo se necesita un poco de magia para sobrevivir.

Por el régimen de Maduro, miles de venezolanos están huyendo de su país y buscando refugio en otros con la esperanza de un futuro mejor. Son muchos los casos de médicos, abogados, psicólogos y demás profesionales que se han visto obligados a vender arepas en las calles para sobrevivir, mientras encuentran un trabajo que se acomode a sus profesiones.

Por otro lado, tenemos a los jóvenes venezolanos que no han tenido estudios superiores, pero que también buscan un forjar un futuro mejor. ¿Incursionarían al negocio de las arepas y se quedarían allí eternamente?

—Yo puedo hacer 50 soles en una hora si me lo propongo —cuenta Edson.

Él es un joven venezolano que por el momento se está refugiando en Perú y sobrevive haciendo trucos de magia en la calle. Tienen 22 años y es consciente de que nunca le ha puesto muchas ganas a los estudios, pero busca un futuro mejor. Tiene amigos en todos lados, sobre todo turistas, gracias a su facilidad para acercarse a las personas. Además de su mazo de cartas a Edson nunca le falta una sonrisa inmensa en el rostro.

—Mira que no todos necesitamos estudios para triunfar. Yo aprendí a hacer magia en Ecuador, ¿sabes? Me acababa de ir de mi país y caí a Ecuador, pero no sabía hacer nada. Ya me estaba quedando sin dinero, había ido con poca plata, pero un día en un parque, así como este — refiriéndose al parque Kennedy — un señor se acercó a hacerme un truco y me dijo que le dé lo que me nazca, pero yo no tenía nada. Entonces me vio y comenzamos a hablar, hasta que le pedí que me enseñara. ¿Para qué quieres aprender?, me dijo. Entonces le expliqué mi situación, ¿sabes?, y me enseño. Aprendí ¡Puf! Ni para qué te cuento, es que yo aprendo rapidísimo. Mi única inversión fue esto, ¿ves?— señalando su mazo de cartas — nada más necesito.

Edson sigue haciendo sus trucos a los turistas en Kennedy. De rato en rato se le acercan serenazgos con la intención de pedirle que se retire, pero él rápidamente les da un apretón de manos y comienza a conversarles. En cuestión de segundos ya tiene más amigos. Y así recorre distintas zonas de Lima, llevando magia por todos lados para poder sobrevivir.

En una Venezuela donde aún nada los libra de Maduro, al menos que la magia los salve de la vida.